Cómo Vivir La Vida De Santidad
Por John N. Oswalt
Si es verdad que la meta de Dios para nuestras vidas es que participemos de su carácter y que vivamos su vida, y si todo cristiano ha recibido el Espíritu Santo quien hace posible tal vida, ¿por qué es que tantos cristianos parecen no alcanzar la meta? Es una pregunta que no se puede tratar a la ligera. Como dijera Juan Wesley, si encuentra usted que su experiencia no concuerda con su teología, ¡es más probable que sea su teología la que esté mal! Así que, ¿el hecho de que muchos que profesan ser cristianos parecen siempre estar derrotados por el pecado (a pesar de sus buenas intenciones), quiere decir que la Biblia no puede estar hablando seriamente sobre el asunto, cualquiera que sea su mensaje sobre el tema? No, en absoluto. Lo que este hecho ineludible significa es que muchos, si no la mayoría de los cristianos, están viviendo muy por debajo de sus privilegios.
Un cuento famoso narra la experiencia de un anciano pobre que siempre había soñado con hacer un viaje por barco trasatlántico. Ahorró su dinero y por fin después de algunos años pudo hacerlo. Pero cuando compró el boleto, vio que ya no tenía dinero para pagar las comidas lujosas que él había oído que se servían en el barco. Así que, tomando lo que le quedaba de dinero, fue y compró una caja grande de galletas saladitas y un poco de queso duro y se los llevó a bordo. Cuando los demás pasajeros iban al comedor para tomar los alimentos, el anciano se quedaba en su camarote comiendo las saladitas y el queso, considerándose afortunado por poder estar en el barco y experimentar todo esto. En el último día del viaje ya no aguantaba más. Juntó todo el dinero que le quedaba y se fue al comedor para ver qué podría comprar. Imagínese su pena cuando le dijo el sobrecargo que toda la semana le habían apartado su lugar, pues el costo de todas las comidas estaba incluido en el boleto.
Estoy convencido de que ese antiguo cuento describe acertadamente el estado de demasiados cristianos. La vida en el Espíritu es suya: esa condición bendecida en la cual ellos pueden vivir en la obediencia, libres de la asoladora timidez, aprendiendo gozosamente y apropiándose de la voluntad de su Padre. Esa vida fue comprada con la muerte de Cristo en la cruz. El poder del Espíritu Santo está disponible en los creyentes para estar desatado a fin de capacitarles para vivir vidas intachables delante de Dios, vidas sin defecto ante Él. Sin embargo, estos cristianos se afanan con sus «galletas y queso» mientras un banquete de manjares está puesto, y hasta hay un lugar con su nombre puesto, reservado para ellos.
¿Por qué son así las cosas? Porque en las cuentas de Dios, uno no puede poseer algo si no tiene la fe necesaria para pedírselo. Usted no puede tener un amor que sea genuinamente abnegado a menos que ejercite la fe para recibirlo. No puede tener un corazón que sea la posesión única de Dios a menos que usted ejercite la fe para recibirlo. No puede usted ser absolutamente fiel, aun cuando parezca que le está costando demasiado, a menos que ejercite la fe para serlo. Por ahora, quisiera exponer de la Biblia que ésta sí es una verdad, una que Pablo en particular reconocía muy bien. Si sus convertidos iban a gozar de vidas santas, sin tacha o sea, perfectas delante de Dios, como Él quería, entonces ellos como los israelitas debían descubrir su propia necesidad, descubrir la fuente que supliría esa necesidad y ejercitar la fe para unir la necesidad y la fuente de provisión. Esta comprensión se puede ver hasta cierto punto en todas las cartas de Pablo, pero se encuentra especialmente clara en Efesios y Colosenses, y aún más en 1ª Tesalonicenses, a la cual quisiera dar la mayor atención ahora.
1ª Tesalonicenses
Si la carta de Pablo a los gálatas es la más antigua de sus cartas que se ha preservado, entonces 1ª Tesalonicenses es la segunda. Fue escrita por Pablo a la iglesia de Tesalónica desde Corinto a mediados del segundo viaje misionero, por el año 50 ó 51 d.C., pocos meses después de la primera visita que Pablo les hizo. Una de las primeras cartas preservadas de Pablo, nos revela en forma excelente el interés que tenía el misionero por sus convertidos en aquellos días iniciales de su ministerio.
El gran apóstol comienza su carta de una manera que llegaría a ser uno de sus sellos personales en las cartas a otras iglesias: con una oración y una expresión de su beneplácito. Aquí Pablo elogia a los tesalonicenses por la maravillosa manera en que ellos respondieron a su prédica (1:4-10). Pablo sabe que de verdad se han convertido, tanto por la convicción notable del Espíritu que les trajo por su predicación como por el gran gozo que les trajo el Espíritu Santo al creer. De hecho, su extraordinaria fe se había hecho notoria por todos lados. Pablo no tiene que contárselo a la gente: ¡Ellos se lo cuentan a él (1:8-9)!
En el capítulo dos Pablo les recuerda del estilo de vida que llevó durante el tiempo que vivió entre ellos, que no fue motivado por ninguna clase de egoísmo. La meta de Pablo no era ganar el favor de los hombres para sí mismo; en cambio, su única meta era agradar a Dios (2:3-6). Pablo y sus compañeros pusieron muy en claro que no utilizaban el ministerio con fines de lucro personal (2:7-9). De hecho, los tesalonicenses son testigos de cómo la conducta de Pablo era «santa, justa e irreprochable» entre ellos, «animando, reconfortando e instándoles» a «vivir vidas dignas de Dios quien los llama a su reino y gloria» (2:10-12). Trágicamente, esta clase de ministerio desinteresado no ha caracterizado a los judíos que han tratado de prevenir la misión a los gentiles (2:15-16).
Pero Pablo confiesa, a pesar de su confianza en la realidad de lo que Dios ha hecho entre los tesalonicenses, que ansiosamente ha querido regresar a hacerles otra visita. Temía que la persecución que ellos habían sufrido por su fe cristiana pudiera haber quebrantado esa fe (2:17-3:5). Finalmente, no pudiendo llegar él mismo, y no pudiendo aguantar más el suspenso, había mandado a Timoteo para visitarlos y animarlos (3:2). Timoteo ahora ya ha regresado con la buena noticia de que, a pesar de sus problemas, la fe de ellos ha permanecido fuerte y sin disminuir. Tampoco culpan a Pablo por lo que han sufrido, sino que su amor por él es tan cálido como siempre que han sufrido, sino que su amor por él es tan cálido como siempre (3:6). Esto es tremendamente animador para Pablo y le da gracias a Dios por el gozo maravilloso que le han dado (3:7-9).
Pero ahora llegan unas palabras para las cuales no estamos nada preparados. Quizás esperemos que Pablo diga algo como que está aliviado de que su fe sea tan fuerte porque eso significa que no tiene que emprender ese arduo viaje para verlos. Pero, en realidad lo que les dice es que ahora está pidiendo día y noche poder ir a verlos, y que Dios mismo y el Señor Jesús de alguna manera lo harán posible (3:10-11). ¿Por qué? ¿Para gozarse de su fe maravillosa, nacida en el fuego de la convicción del Espíritu y templada por las ardientes llamas de la persecución? ¡De ninguna manera! Pablo desea ansiosamente ir a verlos, aún más que antes ¡para poder «suplir lo que falta de su fe» (3:10)! ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Qué hace falta en su fe? Hasta estas alturas todo lo dicho en la carta infiere que no hay nada que le haga falta a su fe.
Pero es obvio que Pablo se da cuenta de que esta gente ya está lista para dar otro paso adelante en su fe. Ahora que está claro que no son como aquellas plantas descritas por Jesús que nacen prontamente sólo para secarse por el sol o ahogarse por las espinas, ya es hora que den ese siguiente paso. ¿Y cuál es? Podemos vislumbrarlo en 3:13. ¿Qué es lo que Dios tiene para estos queridos tesalonicenses si no tratan de manufacturarlo, como los gálatas pensaban que tenían que hacerlo, más bien si creen que Dios se lo dará? Dios puede darles un nuevo nivel de amor, un amor que desborda las fronteras del yo, como lo han visto en la vida de ellos en Sí mismo y afirmarlos en sus corazones para que sean «santos e irreprochables delante de Dios nuestro Padre cuando regrese nuestro Señor Jesús», sea que eso suceda mañana, el año siguiente o en el siguiente siglo (v. 13). Sobre este último punto Pablo nos da aquí un chispazo sobre la manera oblicua como aborda lo que era aparentemente un problema que surgía en Tesalónica. La iglesia allí estaba absorta en preguntas fascinantes cerca de la segunda venida de Jesús (véase 4:13-5:11 y 2ª Tesalonicenses 2:1-16). Ellos deseaban que Pablo fuera a verles para resolver algunos de sus debates. Pero Pablo dice que lo que realmente importa no es precisamente cuándo y cómo vendrá Jesucristo – aunque sí son puntos importantes; lo que realmente importa es cuál será la condición de sus vidas cuando Él venga. Esto es lo que mueve a Pablo de manera tan afanosa por ellos, y por eso es que desea tanto ir a verlos. No siendo esto posible (aparentemente), Pablo se conforma con esta carta, diciéndoles que hay mucho más por lo cual creer, y explicándoles qué es. Este tema ocupa el resto del libro.
¿Y cuáles eran esas cosas que hacían falta en la fe de los tesalonicenses? ¿Qué era aquello que aun no habían creído? En una sola palabra, y es un término importante, era la «santificación», o sea, ser hechos santos (4:3). Pablo dice que él ya les ha enseñado de la necesidad de vivir santamente, y que de hecho, lo estaban haciendo. Pero Pablo ahora les ruega y les encarga «en el nombre del Señor Jesús» que esas características deben abundar en sus vidas (4:1-2). El hecho de poner esto en el contexto de una falta de fe comprueba que Pablo no les está dando meramente una plática de ánimo como si fuera un entrenador deportivo, animándoles a esforzarse un poco más. Si se ha de realizar la voluntad de Dios en la vida diaria, que es la santidad de su pueblo, esto no va a suceder por su esfuerzo propio. Eso sería seguir «la carne» acerca de la cual Pablo acababa de advertir a los gálatas y que luego lo haría también con los romanos. Al contrario, si hemos de ser nosotros el pueblo santo que Dios ha anhelado desde el principio, debe ser asunto de la obra del Espíritu dentro de nosotros, y eso requiere de la fe, no el esfuerzo. Éste es precisamente el punto que recalcaba Pablo a los gálatas al decirles que si vivimos por el Espíritu no agradaremos «la carne» (Gálatas 5:16). Nunca podremos vivir la vida santa de Dios por nuestro esfuerzo y por los deseos egoístas personales. Pero si vivimos en el Espíritu, produciremos ese fruto que requería el Antiguo Pacto, pero que no podía producir a causa del espíritu torcido y egocéntrico que Pablo denomina «la carne» (5:17-6:10).
Esto es lo que anhela Pablo decirles a los tesalonicenses ya que están preparados para escucharlo. Antes de haber sufrido la persecución y de haber tenido que pagar un precio alto por su fe, podrían haber pensado como los israelitas, que vivir la vida santa de Dios no era gran problema. Ahora se dan cuenta de que no es tan sencillo. Ahora se han enfrentado con «la carne» con toda su resistencia obstinada. Ahora ya están listos para escuchar que a la vida santa se entra precisamente en la misma base que se entra en la experiencia cristiana inicial –
Nada en las manos traigo, sólo a tu cruz me aferro.
¿Por qué hay tanto cristiano que llevan vidas que no son dignas de sus privilegios? Porque nunca han creído en Dios para «crucificar la carne pecaminosa» (Gálatas 5:25) y hacerlos como Él. Eso es lo que teme Pablo que los tesalonicenses hagan, y por eso desea tan urgentemente ir a visitarlos.
¿Y cuáles eran las áreas de la vida que cambiarían si los tesalonicenses pudieran ejercer la fe? La primera es la sexualidad (1ª Tesalonicenses 4:3-8). Una vez tras otra, nuestro enemigo utiliza nuestra sexualidad para derrotarnos. Aunque este deseo no es tan esencial como otros (un hombre que muere de hambre tiene poco deseo sexual), es infinitamente más complejo. Toda nuestra necesidad de pertenecer, de ser deseado, de entregarnos, de dominar, se mezcla con este deseo físico. A no ser que Dios pueda hacer algo por nosotros, no podemos hacer nada por nosotros mismos, y seremos dominados y destruidos por nuestra sexualidad. Pablo anhela decirles a sus hermanos y hermanas tesalonicenses que la misma fe que ejercieron para recibir la gracia del perdón, ahora la pueden ejercer para poder controlar sus deseos sexuales.
Una segunda área de las vidas de los tesalonicenses en la que Pablo reconoce que tienen necesidad de la gracia santificadora de Dios es «el amor fraternal» (4:9-10). Al igual que ellos, no necesitamos mucha exhortación en esta área. Sabemos que debemos amar. Si hemos sido cristianos desde hace tiempo ya hemos escuchado bastante sobre el tema. Pero el problema es ¿cómo? Simplemente reconocer que debemos amar a otros no es suficiente; de alguna manera tenemos que descubrir algún poder dinámico que pueda capacitarnos para vencer «la carne» que vuelca todo hacia sí misma y es un estorbo para poder entregarnos a otros de verdad, sin preguntar siempre qué provecho vamos a sacar o si vamos a recibir el amor recíproco, y con intereses. Pablo habla de esto en 3:12 cuando ora al Señor para que haga que su amor crezca y abunde más y más. En la medida en que dejamos al Espíritu Santo obrar en nosotros para que nos llene con ese amor como el suyo, incondicional por nosotros, y luego con su poder para amar al que no es digno de nuestro amor, vamos logrando amar «perfectamente» como Jesús nos mandó (Mateo 5:48) y como Juan nos explicó (1ª Juan 4:7-21).
El asunto de la actitud apropiada hacia otros se encuentra estrechamente relacionado con esto, sea hacia los que están sobre nosotros como líderes o a los que están «debajo» de nosotros, como los que son más débiles (5:12-15). Tocante a la actitud hacia los líderes, «la carne» detesta estar en sumisión a cualquiera, no importa si es maestro, capataz o jefe benigno u opresivo. Pero la actitud egocéntrica e individualista expresada por «la carne» también comprende que la rebelión abierta no siempre es bien recibida aun por sus propios compañeros. Así que la respuesta típica es una lluvia de cumplidos hacia el líder cuando esté presente y una crítica destructiva a sus espaldas. Esto, si el líder es fuerte. Si el líder es débil, «la carne» puede ser expresada por medio de la petulancia en público junto con la crítica destructiva en privado sea cual sea el programa de ese líder. Nadie que haya estado suficiente tiempo en los círculos cristianos puede negar que este tipo de conducta suele presentarse entre cristianos. ¿Qué se debe hacer? La voluntad de Dios es que seamos santos y esta clase de conducta no es nada santa. Pablo desea decirles a sus amigos tesalonicenses que pueden ejercer la fe para poder deshacerse de la necesidad de exaltarse a si mismos a expensas de los demás; que sí se puede alcanzar un estado de gracia en el cual no necesitamos minimizar a otros para poder sentirnos mejor acerca de nosotros mismos.
Este mismo estado de gracia puede llevarnos al lugar en donde no evaluamos la importancia de una persona en relación con lo que pueda hacer por nosotros. «La carne» considera sin importancia a cualquiera que no puede contribuir al avance de ella. Mas Pablo sueña con que la actitud de los tesalonicenses sea tal que puedan tener un corazón que no se pregunte: «¿Qué va a hacer esta gente por mí?», sino que diga: «¿Qué me ha dado Dios para éstos, los ociosos, los tímidos y los débiles?» (5:14).
Otra área de la vida de sus amigos que le interesa a Pablo es la auto-disciplina (4:11-12). Al igual que nuestra sexualidad, nuestro deseo por el placer y la diversión puede socavar fácilmente todos nuestros intensos deseos de vivir vidas totalmente consagradas a nuestro Salvador. No es suficiente hacer nuevos votos, ni hacer «borrón y cuenta nueva». Debemos ejercer la fe en el poder del Espíritu Santo para tratar con ese espíritu egoísta en forma radical, como dijo Pablo en Gálatas 5:24 «crucificarlo». El problema no es simplemente el de disciplina, esto es tan sólo un síntoma de algo más profundo; ese espíritu torcido, esa imaginación corrompida, que los creyentes del Antiguo Testamento habían descubierto en el corazón. Por esto Pablo está apasionadamente interesado en entregar este mensaje a los tesalonicenses. Ellos, como cristianos, tenían que saber, de la misma manera en que los gálatas deberían de saberlo, que dentro de ellos mismos ya tenían este poder del Espíritu, listo para ser liberado por medio de un nuevo acto de fe. El Espíritu Santo los capacitaría para poder cumplir con la voluntad perfecta de Dios (como Pablo mismo lo dijo en Romanos 12:2), haciéndolos un pueblo santo. Nada de esto sugiere que la diversión sea mala. Dios nos hizo de tal modo que necesitamos alguna distracción y cambio de rutina para poder dar lo mejor de nosotros. Sin embargo, mientras que estemos en las garras egocéntricas de «la carne» esa necesidad normal se corrompe, y llega a ser un fin en sí. Cuando hemos sido liberados bajo el señorío de Cristo, descubrimos que esa necesidad ya no nos rige, sino que nosotros la regimos. Ésta se ha vuelto limpia y podemos usarla limpia y gozosamente. Aquí hay otra paradoja del evangelio: Mientras que rehusemos rendirnos absolutamente al Espíritu que está en nosotros, descubrimos que nuestros deseos ya son sumisos a nosotros y tenemos un poder sobre ellos que nunca habíamos tenido mientras tratábamos de arrogarnos el poder a nosotros mismos.
Es interesante que Pablo no les dice a sus convertidos que simplemente se olviden de los detalles referentes a la Segunda Venida y que se concentren en dejar que el Espíritu los haga un pueblo santo. Muy a menudo nos vemos en un vaivén de extremos como éstos. Pensamos que el todo es que lleguemos a tener un correcto entendimiento de los factores de nuestra fe, y que nuestra manera de vivir es secundaria o, al ver la falacia de este punto de vista, nos vamos al otro extremo pensando que si aprendemos a vivir vidas puras, amorosas y sumisas, y si ejercitamos la auto-disciplina, realmente no importa qué creamos. La verdad es que no se debe ignorar ninguno de estos polos. Si Pablo no desea que su gente se fascine tanto por la Segunda Venida – tanto que fallen en darse cuenta de que la santidad siempre ha sido la meta de Dios al salvarlos – tampoco desea que caigan en la trampa de pensar que «realmente no importa lo que uno crea, mientras que el corazón esté bien». Así que en 4:13 al 5:11 Pablo les instruye cuidadosamente acerca de los detalles de la Segunda Venida. Una vida correcta se apoya en una doctrina correcta, y la doctrina no es correcta a menos que resulte en vivir correctamente. Pablo ya había expresado este aforismo en 5:1-11, en donde empieza a llevar el hilo de su pensamiento otra vez al presente. Dice que lo que importa no es tanto cuándo va a volver Cristo, sino si estaremos listos cuando vuelva. Proclamaremos nuestra preparación por medio de vigilar y ser sobrios (v. 6), manifestando fe, amor y esperanza (v. 8).
Este es el estilo de vida que Pablo ve como el área final donde tendrá su efecto la fe que el apóstol quiere entregar a sus lectores. Cuando hayamos creído que Dios nos ha librado de «la carne» y nos ha capacitado para ser el pueblo santo que Él desea que seamos, todo nuestro enfoque de la vida será diferente (5:16-22). En medio de todo habrá un gozo que las circunstancias pueden alterar, pero no lo pueden destruir (v. 16). Esto es verdad porque es el gozo de haber encontrado el descanso verdadero y de estar en el camino para el cual uno fue diseñado. De la misma manera, la oración llega a ser una manera de vida, nuestra forma de consultar con el entrenador, por así decirlo, porque el Espíritu Santo tiene control absoluto (v. 17). La gratitud será la actitud normal del corazón (v. 18) porque ya no estaremos pensando en todo lo que merecemos y que nunca recibimos, como en los días cuando estábamos dominados por «la carne». En cambio, nos quedaremos atónitos de ver que nosotros, quienes no merecemos nada más que la condenación eterna, hemos sido hechos los mismos herederos del cielo. Cuando «la carne» rige, está constantemente irritada por las demandas «imposibles» de Dios; no porque sean imposibles, sino que el «yo» no sumiso siempre encuentra todo mandamiento imposible. Ahora, habiendo ejercido la fe para dejar que el Espíritu de Cristo nos llene, nos maravillamos de que Dios nos dé tanto y nos pida tan poco. ¿Dios ha cambiado? No, somos nosotros quienes hemos cambiado, y el resultado es que ahora vemos las cosas tal como son, y nos llenamos de gratitud.
En los versos 19-22 Pablo describe el equilibrio espiritual que es posible para las personas que se han rendido enteramente a Dios por medio de su Espíritu. Por un lado, son muy sensibles a su dirección y su inspiración, tienen ansias por escuchar lo que Él les quiere decir de cualquier fuente. Pero al mismo tiempo, no son inocentes ni ingenuos, porque entienden que no todo lo que dice ser originado en el Espíritu necesariamente viene de Él. Aprenden a distinguir entre el bien y el mal y a desarrollar sus habilidades en el discernimiento justamente por su interés en Él.
Pero ¿no será que estoy leyendo más de la cuenta en 1ª Tesalonicenses capítulos 4 y 5? Después de todo, las amonestaciones acerca de la sexualidad, el amor, la auto-disciplina, etc., que acabamos de considerar no son muy diferentes a las de otros pasajes que se encuentran en las cartas de Pablo. Sin embargo, quizás debiéramos considerar lo que dice Pablo en otros pasajes a la luz de éste y no viceversa; porque 5:23-24, por su explícito retorno a lo que se dice en 3:11-13, parece dar un contexto claro para lo que Pablo quiere que comprendamos acerca de lo que contiene el pasaje entre 3:13 y 5:23. Es decir, lo que dice Pablo en 4:1 al 5:22 son los detalles que el apóstol tiene en mente al hablar de su anhelo de que Dios haga de los tesalonicenses un pueblo santo, sin defecto alguno. La expresión de Pablo aquí es aún más aguda que al principio del pasaje.
«Que el mismo Dios de paz os santifique por completo [oloteleis, "completamente", "enteramente"]; y todo vuestro ser – espíritu alma y cuerpo – sea guardado irreprochable [amemptos] para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es él que os llama, el cual también lo hará» (1ª Tesalonicenses 5:23-24).
Otra vez, Pablo enfatiza que la obra es de Dios, no de ellos. Por cierto, ellos tienen que ejercer la fe, tienen que creer que Dios lo va a hacer, pero es la obra de Dios. Así que, las exhortaciones de 4:1-5:22 no son meramente exhortaciones, son desafíos a que los tesalonicenses dejen que Dios haga estas cosas en ellos. Luego, Pablo expresa el deseo de que Dios los haga completamente santos. Es decir, no pide nada superficial ni parcial. Cree que Dios puede hacer algo en estas personas para que sean como Cristo (pues esto es lo que significa ser santo) en cada aspecto de sus vidas. Por si hubiera alguna duda sobre lo que quiere decir con esta expresión, él la explica al decir que desea que estén ¡sin defecto en espíritu, alma y cuerpo desde ahora hasta que venga Cristo! ¡Qué esperanza más maravillosa! Pero es más que una mera esperanza; es la arraigada confianza de Pablo. «Fiel es él que os llama, el cual también lo hará» (5:24). Así que ya no hay excusa para decir:
¿Qué voy a hacer? ¡No creo que pueda vivir según una norma tan alta!
¡Por supuesto que no se puede! El Antiguo Testamento entero nos enseña lo mismo. Pero ése no es el asunto; el punto es: ¿Lo quiere hacer Dios en nosotros? Por supuesto que sí. ¿Y lo puede hacer Dios? Otra vez, la respuesta es positiva. Pero ahora llega la pavorosa advertencia: Sí, Dios puede hacer lo que Él desea hacer en nosotros si creemos que lo puede hacer. Trágicamente, hay muchas personas hoy que sencillamente no van a creer que Dios pueda hacerlos santos. Eso es lo que temía Pablo que les sucediera a los tesalonicenses, y por eso su intenso deseo de poder contarles las maravillosas posibilidades que ya eran suyas en Cristo.
Colosenses
Pablo hace lo mismo en la carta a los colosenses como en 1ª Tesalonicenses. No puedo entrar en tanto detalle con este material porque quisiera utilizarlo sencillamente para señalar que lo que Pablo hace en 1ª Tesalonicenses no es único a esa carta. En Colosenses, Pablo aparentemente estaba tratando de resolver una disputa sobre lo que hacía a uno cristiano. Unos decían que era lo que uno sabía, otros creían que era lo que uno hacía (2:6-23). Por conveniencia los dos grupos se han conocido como los «gnósticos» (del término griego gnosis, conocimiento) y los «judaizantes» (aquellos que creían que la salvación requería tanto la circuncisión como el guardar la ley ceremonial del Antiguo Testamento). De hecho, Pablo dice, ninguno de estos puntos de vista es bueno porque no pueden controlar «la carne». La Nueva Versión Internacional traduce «carne» en esta instancia por «deseo sensual inmoderado». Desgraciadamente, esta traducción no es mejor que «la naturaleza pecaminosa» que se usa en Romanos y en otros pasajes. Si esta traducción obscurece algunas de las connotaciones del término, ésa la limita demasiado. No es meramente la sensualidad desenfrenada que el conocimiento espiritual y la piedad religiosa no pueden controlar. Lo que no pueden controlar es la voluntad propia dentro de nosotros que está decidida a salirse con la suya y agradarse a toda costa. La sensualidad desenfrenada es una manifestación de esa actitud, pero es la actitud misma que impide que muchos cristianos experimenten la santidad que es su herencia por medio de Cristo.
Así que podemos preguntarle a Pablo, que si ninguno de estos puntos de vista es la solución a nuestro problema fundamental, entonces ¿cuál es? Su respuesta es marcadamente similar a lo que encontramos en Romanos 6. Es nuestra identificación con Cristo (Colosenses 3:1-4). Esto es lo que nos hace verdaderos cristianos: nuestra experiencia de la vida de Cristo en nosotros. En Cristo nuestra «carne» murió y hemos sido resucitados a una nueva actitud «celestial». Hemos muerto al orgullo personal acerca de nuestros logros intelectuales o a las evidencias litúrgicas de nuestra piedad. Esas cosas no pueden controlar la lujuria por el placer, las posesiones y el poder (3:5); tampoco tienen poder sobre la furia (muy a menudo impotente) que nos abruma cuando no se hace nuestra voluntad (3:8); ni tampoco pueden hacernos genuinos frente a la tentación de presentarnos como lo que no somos en realidad (3:9). Todas estas manifestaciones son «la carne». Y la única cosa que puede controlarla es el Espíritu de Cristo morando en nosotros.
¿Cuál es la evidencia de ese Espíritu? La podemos ver en los versos 12 al 17 de Colosenses 3. Interesantemente, aquí todo se describe en términos de la relación interpersonal. Una santidad que sólo se puede vivir en la soledad, en lo que antes se describía como el «aposento de oración» o en la celda monástica, no tiene ningún valor para Pablo. Cuando rige Cristo en nuestra vida, cuando Su Espíritu nos llena, cuando nuestra «carne» ha sido crucificada, la evidencia se ve en cómo nos tratamos el uno al otro. Así es como debe ser, pues es por el trato de Dios con las personas que las cualidades únicas de Su santo carácter se ven. Así que entre el pueblo de Dios hay «compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia» (v 12). Hay perdón (v. 13), amor (v. 14), paz y gratitud (v. 15), y una adoración armoniosa en la cual todos participan en la enseñanza de la Palabra y en la elevación de gratos himnos (v. 16). Y todo esto se hace por la autoridad (en el nombre) de Cristo con gratitud (v. 17), porque nada de esto sería posible sin Su presencia morando en nosotros (véase Juan 15).
Sin embargo, al investigar cuidadosamente esta discusión, vemos a Pablo expresándose en términos que parecen contradictorios. Por un lado, dice que sus oyentes han muerto a una forma de vida en la cual ellos trataban de ponerse a sí mismos adelante, en la cual competían para superar a los demás, en la cual el deseo, la ira y la mentira regían la vida (2:20; 3:3). En lugar de esto, han sido resucitados a una nueva vida con Cristo (3:1). De la misma manera, Pablo dice que «se han despojado del viejo yo con sus prácticas y se han puesto un nuevo ser, que se está renovando en conocimiento a la imagen de su Creador» (3:9-10). En otras palabras, Pablo habla de estos cambios como si ya fueran una realidad. Los cristianos colosenses ya están muertos a la vida vieja regida por el yo; ya se han quitado el ropaje viejo y se han puesto el nuevo. Luego, muy extrañamente, el apóstol manda a sus lectores a morir (3:5), y a ponerse ropa nueva (v. 12). ¿Qué pasa aquí? ¿Se le demandaría a un cadáver que muriera, o a una persona ya vestida de ropa nueva que se vistiera de ropa nueva? ¡Seguro que no! Pero parece ser que esto es lo que Pablo está haciendo aquí.
¿Pero no será que Pablo aquí habla de un potencial y la comprensión del mismo? Dice que cuando una persona acepta a Cristo por la fe entonces todo el poder del Espíritu Santo para hacer santa a esa persona llega a ser suyo. Esa persona está potencialmente muerta a «la carne» y todas sus obras, su orgullo, su petulancia, su egocentrismo. En ese mismo potencial está viva a la compasión desinteresada, la humildad, etc. Sin embargo, ¿cuál es la intención de Pablo ahora al exigir de nosotros que muramos, que nos vistamos de la ropa nueva? ¿No es exactamente igual a lo que dice en 1ª Tesalonicenses? La posibilidad para la vida santa debe ser liberada por la fe. No es algo que se hace automáticamente al llegar a ser cristiano. Así que, Pablo exhorta a sus nuevos discípulos colosenses: «Desaten todo el maravilloso potencial que se les dio cuando aceptaron a Cristo. Háganlo en un acto de renuncia (muerte) del viejo yo y por un acto de aceptación y fe (vístanse), para que la santidad que Cristo vino a darles pueda ser suya. Reclamen por la fe lo que ya es suyo por derecho.» Aquí no dice nada de esfuerzos o luchas, o de fallar constantemente, para alcanzar algo que está fuera de nosotros mismos. En cambio, nos invita a abrir la puerta de la nueva casa que se nos ha dado y encontrar ahí todo ya amueblado y en su lugar.
Efesios
Las mismas ideas se encuentran en Efesios. En 1:4 Pablo declara que el propósito de Dios al escogernos fue para que pudiéramos ser «santos e irreprensibles» delante de Él. Debemos ser «para la alabanza de su gloria» (1:12), «creados en Cristo Jesús para las buenas obras» (2:10), «creados para ser como Dios en justicia verdadera y en la santidad» (4:24). Ahora nosotros, que antes estábamos «muertos en delitos», estamos «vivos con Cristo» (2:5). Anteriormente,
«Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje del viejo ser, el cual está corrompido por los deseo engaños; renovarse en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje del nuevo ser, creado a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad» (Efesios 4:22-24).
Pero, en su inusitada oración en el capítulo 3 (normalmente sus oraciones vienen al principio de sus cartas), Pablo ruega que los efesios puedan experimentar el Espíritu dentro de ellos mismos de tal manera que Cristo more en sus corazones por fe, con el resultado de que conozcan cuán ilimitado es el amor de Cristo y que sean llenos de toda la plenitud de Dios (3:16-19). Y la confianza de Pablo es expresada por medio de la certeza que Dios podrá hacer todo esto «por el poder que obra eficazmente en nosotros» (3:20).
De nuevo nos preguntamos: ¿Qué pasa aquí? ¿Está Cristo en su corazón o no? ¿Se han quitado ellos «el viejo ser» o no? Y otra vez sugiero que Pablo habla aquí del potencial y de la conciencia de ese potencial. Cristo sí mora en ellos, pero no de la manera en que podría, si dejaran que el poder del Espíritu que está en ellos tuviera control completo. Se les ha enseñado acerca de la necesidad de despojarse del «viejo hombre». Ahora por la fe deben hacerlo. Ellos fueron creados en Cristo para las buenas obras. Ahora deben permitir que Cristo crucifique ese «viejo ser» para que el amor de Cristo fluya por sus vidas sin límite.
Ustedes, como están muertos, ¡mueran de veras! Ustedes están vivos, ¡ahora vivan de verdad!
Podríamos pensar en el valle de los huesos secos en la visión de Ezequiel. Los huesos se han juntado, los esqueletos se han cubierto de carne viva, y aún así los cuerpos son inertes. ¿Qué tiene que suceder? El aliento del Espíritu debe soplar en sus narices. Entonces lo que está vivo verdaderamente vivirá.
Si es verdad que Dios propone que vivamos una vida de santidad irreprensible, si Él espera que nuestro sacrificio sea perfecto delante de Él, ¿por qué es que tan pocos cristianos viven a esa altura? He intentado enseñar que es porque ese nivel de vida cristiana no es automático, es alcanzado por un acto adicional de abnegación y de fe. Esto es lo que destacan las epístolas de Pablo desde Gálatas en adelante.
Pero, ¿por qué debería ser así? Si Cristo murió y resucitó para hacer posible que el Espíritu Santo viviese en nosotros, y si todos los que creen verdaderamente tienen el Espíritu ya viviendo en ellos, ¿por qué no son cabalmente santos desde el momento de su conversión? La respuesta yace en la naturaleza de la fe. No se puede creer para algo que uno ignora necesitar. Y es un hecho que antes de aceptar a Cristo somos tan ignorantes de nuestra naturaleza verdadera como lo fueron los israelitas al pie del Monte Sinaí. ¿Cómo podemos pedir que Dios crucifique nuestra voluntad propia que está tan férreamente opuesta a la de Él, si ni siquiera sabemos que la tenemos? ¿Cómo podemos pedir del Espíritu Santo que nos limpie del «aire carnal» que insiste en hacer todo por y para sí sólo y en atropellar a cualquiera que se interponga, si nunca antes nos hemos enfrentado a él? Así que cuando se nos pregunta como nuevos cristianos si vamos a hacer de Jesús el Señor de nuestra vida y si vamos a vivir sólo para Él, contestamos tan descuidada y tan sinceramente como los hebreos frente al Sinaí: «¡Por supuesto que sí!»
¡Si tan sólo supiéramos! ¿Pero por qué debiéramos saberlo? Nunca antes hemos tratado de negar esa terca voluntad nuestra; quizás otros podrían habernos dicho lo que veían en nosotros, pero no nos importaba. Así es en un barco velero que se mueve con el viento: Los pasajeros dirían: «¡Ah, no hace viento!» aun cuando el viento mismo marca la velocidad máxima del barco. No se siente ningún viento porque se está moviendo a la misma velocidad. Ah, pero que traten de navegar en contra del viento, dirían que están en medio de una tempestad, aunque ahora están viajando con menos velocidad. Así es con nosotros. Cuando vivimos por y para nuestra «carne», nuestro «viejo hombre», no nos damos cuenta de eso porque estamos «viajando» con él. Sólo cuando empezamos a tratar de ir en contra de la «carne» en respuesta a la presencia del Espíritu de Cristo en nosotros, es que empezamos a descubrir, como los hebreos, que hay algo dentro de nosotros que se opone a Cristo. Pablo dice casi lo mismo en Romanos 7 al decir que no sabía que era pecador hasta no empezar a tratar de obedecer la ley. Descubrió que aunque pudo obedecer por fuera, no pudo hacerlo de corazón. (7:7-9).
Éste es el momento crucial en la experiencia cristiana. Llegará tarde o temprano según el caso particular. Cierto tipo de experiencia puede ser la causa de la crisis para cierta clase de persona, otro para otros. ¡Feliz aquél que llega a esta experiencia; triste aquél cuyos sentidos espirituales no son suficientemente agudos o que no ha tenido una base bíblica suficiente como para poder reconocer los síntomas cuando aparezcan! Frecuentemente se manifiesta cuando tenemos que tomar una decisión sobre nuestra vocación, cuando se revela la voluntad de Dios y el yo demanda otro camino. A veces tiene que ver con una relación amorosa, un hábito, una diversión. Puede ser un llamado a tomar partido por la justicia cuando sabemos que habrá consecuencias negativas, o tememos que resulte en persecución. Puede ser la conciencia vergonzosa de que estamos decididos a que se haga nuestra voluntad a toda costa en un conflicto con otro, aunque la idea del otro sea mejor que la nuestra. Pero ahí está el detalle: La voluntad de Dios de clara, y la voluntad nuestra dice - ¡Nunca! - ¿Y ahora, qué? La respuesta de Pablo hace eco a través de los siglos: «Día y noche suplicamos a Dios que nos permita verlos personalmente y completar lo que todavía falte en su fe» (1ª Tesalonicenses 3:10).
Están muertos, ahora ¡mueran! «Por el Espíritu hagan morir las obras de la carne.» Que Dios mismo, el Dios que ordena todo perfectamente, los santifique por completo. Que cada parte de su ser, desde adentro para afuera, se guarde más allá de toda reprensión hasta que Cristo venga.
El lamentable espectáculo de tantos cristianos que luchan continuamente en su propia fuerza para ser como Cristo, y siempre fracasan al no poder llegar a la meta, o el caso de otros que se han dado por vencidos y viven sus vidas llenas de orgullo, de codicia, de complacencia propia, mientras reclaman el perdón de Cristo, no es tan sólo doloroso; es trágico. Es trágico porque no es necesario que su condición siga así. Si el evangelio completo y radical fuera comprendido y predicado con claridad, podría verse el amanecer de un nuevo día de justicia a nuestro derredor en lugar de un progresivo crepúsculo de incredulidad y de cinismo.
Fiel A La Palabra De Dios
Por Henry Blackaby
Me hallaba en Nairobi con nuestros misioneros poco después de la crisis de Ruanda y, que yo supiera, estaba tratando de ser fiel a la Palabra de Dios. Todo el que lo oye hablar a uno sabe si viene desde la presencia de Dios. Él no permite que Su gente deje de reconocer si se trata de un sermón más, o si son palabras que proceden de Él. Dios va muy en serio. Existe la sensación de que Él está aumentando el hambre y la sed en los corazones de los suyos. Antes de hablar a nombre de Dios, necesitamos que esa Palabra haya inundado nuestro propio corazón y nuestra propia vida.
Tenía todo esto en el corazón y la mente cuando estaba a punto de hablarles a nuestros misioneros de Ruanda. Ellos habían visto cosas horribles. Habían clamado a Dios. Muchos pastores, con sus esposas e hijos, habían sido asesinados. Yo sabía que los misioneros iban de África del sur a Etiopía. Algunos habían estado encarcelados, otros tenían amigos que habían sido asesinados, y otros habían sido heridos en las refriegas. A una de las esposas de misionero que vinieron, un grupo de soldados le había entrado por la fuerza en su casa. Habían golpeado a su esposo, y después la habían violado a ella repetidamente, mientras sus niños pequeños estaban al fondo de la casa. Ahora se estaba haciendo pruebas para ver si había contraído el SIDA.
No sé qué hará usted, pero yo, cuando le hablo a un grupo de guerreros de primera línea, tiemblo. Dije: «Dios mío, cuando abro este Libro tiemblo. Esta gente tan maravillosa necesita ver Tu ardiente santidad, porque están llenos de cuanto el pecado puede hacer. Están sumergidos en todo eso que el pecado puede hacer, pero Dios mío, de alguna forma necesitan permanecer en Tu presencia.» Así que tomé la Biblia y comencé a hablar. Fue uno de esos pocos momentos tan maravillosos. Yo creo que no va a haber avivamiento si no hay santidad en los líderes. Ninguno. Clame al Señor todo lo que quiera, que no lo va a escuchar. Reúna todas las frases que han dicho los predicadores de avivamiento de generaciones anteriores, y nada de esto va a cambiar lo más mínimo el corazón de Dios. Lo que Él está buscando es la santidad.
Mientras les hablaba a nuestros queridos misioneros, les dije: «¿Quién soy yo para estar aquí?» Era uno de esos momentos en que habría querido que fuera otro el que estuviera hablando, mientras yo escuchaba y lloraba junto con ellos. Pero era yo quien hablaba. Estaba abriendo con fidelidad la Palabra de Dios, tomando sus versículos y diciendo: «¿Ven este Dios, lo ven? Es su Dios. Es Él. Y está con ustedes.» De repente, uno de los hombres se puso de pie de un salto y comenzó a llorar en medio de mi charla, diciendo: «Señor, necesito santidad en mi vida.» Ni siquiera había llevado a Él hasta la presencia de un Dios santo por medio de Su Palabra.
De repente, otros comenzaron a ponerse de pie y a decir: «Yo también pido santidad en mi vida.»
Entonces, uno de nuestros misioneros dijo: «Voy a mi casa para tirar a la basura todos los vídeos que tenemos allí. Como no nos llega la televisión, compramos vídeos, y no fuimos nada cuidadosos en cuanto a lo que compramos. Hay muchas cosas que hemos dejado que vean nuestros hijos. Decíamos: "Solo tiene unas cuantas blasfemias, pero la historia es buena."»
Eso es lo mismo que decir ¡No, Señor! No existe eso de unas cuantas blasfemias y una historia buena. Esas cosas se anulan mutuamente. Cuando uno llena una buena historia de blasfemias, la está destruyendo. He oído decir a muchos pastores: «Bueno, tiene buenas verdades morales, con unas pocas blasfemias por aquí y un poco de pecado por allá.» Si usted pone esas cosas en su corazón, le puedo garantizar que Dios no lo va a escuchar cuando ore. En absoluto. Una mente y un corazón impuros no saben ni siquiera cómo orar.
He descubierto que no puedo orar cuando hay pecado en mi vida. Sí, puedo reunir unas cuantas palabras, pero en realidad lo que quiero es bajar la cabeza avergonzado y decir: Dios mío, Tú sabes que todo lo que dije fue para cubrir el pecado con el que no estuve dispuesto a enfrentarme en mi vida. Lo dejé moverse con toda libertad en ella, y lo traté de excusar. Pero el Señor no nos deja hacer esto. Durante todo aquel tiempo con los misioneros hubo una sensación espontánea de estar en presencia de la santidad de Dios, así como un regreso a una vida de piedad y de pureza.
Cuando habían enderezado sus corazones, muchos de ellos se dieron cuenta de inmediato que estaban tratando mal a su esposa, ese santo don de Dios, escogido para ellos desde antes que existiera el mundo.
Yo le dije a mi esposa: «Marilynn, cuando me arrodillé ante el altar para casarme contigo, estaba medio muerto de miedo.»
«¿Sí?», me dijo ella, «pues yo no. Yo la estaba pasando muy bien.»
Yo le contesté: «Eso me molestaba. Que tú estuvieras pasando un tiempo tan maravilloso.»
Entonces ella me dijo: «Bueno, pero ¿por qué te sentías tan asustado?»
«Oh,» le dije. «Déjame decirte por qué. ¿Sabes desde cuándo tuvo Dios un propósito para tu vida? ¡Desde antes que fuera hecho el mundo! Cuando eras niña, te puso las Escrituras en el corazón. Hizo que sintieras el llamado a las misiones cuando eras aún muy jovencita y estabas participando en un programa de educación misionera. Te llevó a la universidad y le dio forma a tu vida de manera que fuera para Él, y después tomó esa vida tan tierna, valiosa y pura, y me la dio a mí. Cuando yo estaba en el altar, dije: Dios mío, ayúdame a guiarla como sierva tuya.» Y después le dije: «Marilynn, dime todos los compromisos que has hecho con Dios en tu vida. Yo me voy a pasar el resto de la mía ayudándote a cumplirlos.» Y he considerado su vida como una sagrada encomienda.
Cuando aquellos misioneros entraron a la presencia del Dios santo y estuvieron ante Su rostro, Él comenzó a lavarlos con las Escrituras de maneras concretas y profundas, a fin de volver sus mentes, corazones, voluntades y almas contra aquello que tanto lo había ofendido. Los hombres miraban a su alrededor, y en el momento en que sus ojos veían a sus amadas esposas, se echaban a llorar desconsoladamente. Sabían que no las habían tratado bien. De repente, las estaban mirando como una sagrada encomienda que ellos habían manejado mal, y comenzaron a llorar.
He ido viendo con una intensidad creciente que es una necesidad absoluta que el avivamiento venga por el camino que es el camino de la santidad. Puesto que Dios es santo, nuestra vida también debe ser santa.